Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player


Por Ernesto Martinchuk *

El 25 de mayo de 2010 los argentinos celebramos el bicentenario de nuestro nacimiento como nación. Dirigir la mirada hacia el bicentenario puede ser un modo de comenzar a pensar el país en términos de políticas elaboradas con visión de futuro. Empezar a crear estrategias de Estado compartidas por todos los sectores de la sociedad: los que están en el gobierno y los que son oposición, los que conducen la vida pública y los que acaso van a estar conduciéndola dentro de no muchos años.
La celebración del Bicentenario tiene una doble dimensión. Por un lado, plantea la necesidad de organizar dignamente las actividades que subrayarán la trascendencia de ese aniversario. Por otro lado, crea la oportunidad excepcional para debatir y diseñar el gran proyecto de nación que los argentinos todavía no tenemos.
La República Argentina es tierra de héroes, como la Grecia de Homero, como todo país que tiene avasalladora fuerza telúrica. El hombre siente una atracción poderosa, un íntimo fervor que le inspira el amor apasionado a la tierra en que nació.
Así fue como la que habría de ser nuestra patria tuvo, desde su origen y a pesar de su pobreza inicial, un gran tesoro: su pueblo, que heredó del indígena el instinto insobornable de la libertad. Con la levadura del genio hispánico adquirió la condición caballeresca, y se redobló, cobrando claro sentido y objetivo preciso, el impulso innato de su heroísmo: la emancipación.
Desde la creación del Consulado en Buenos Aires en 1794, hasta las vísperas de mayo, Manuel Belgrano fue siempre el mentor, el adalid, el maestro con mayúsculas que sembró a manos llenas esas semillas espirituales que trajo en sus alforjas, atesoradas durante sus estudios en la vieja Europa.
Estadistas como Jovellanos, Campomanes, Quesnay, Condorcet, Adan Smith, Montesquieu y otros abrieron sus ojos a la realidad moldeando su espíritu contra el oscurantismo y la mediocridad. El humanismo surge como una corriente paralela al Renacimiento. El hombre eterno actor y espectador, vive la historicidad del momento, anonadado ante los despliegues de un mundo abierto a nuevas concepciones del arte, las ciencias y la política.
La patria le debe a Manuel Belgrano el empuje ideológico inicial que le exigió cambiar la toga por el uniforme militar para blandir su sable, desde 1806, en los ejércitos que se brindaron a la Causa de América. Militar autodidacto por comprensión cabal de la necesidad de serlo, llegó a ser el heroico, sagaz y denodado general de nuestra epopeya. Pese a su gloria indiscutida en la conducción de ejércitos, el doctor Belgrano nos inspira una más fervorosa y tierna admiración como héroe civil, educador, periodista, civilizador, labriego, ecologista, diplomático. Todo esto fue y tuvo además, la decisión intrépida de rendir su vida en defensa de la patria soñada.
Romántico, creyente y soñador, del patricio sin tacha, del más civil de los guerreros y el más intrépido de los civiles nació la bandera sagrada. Sin colores bélicos, ni de jactancia dogmática, sin rencor ni odio, sin ambiciones de predominio. Azul celeste y blanca, con el sol en el centro, representación augusta del cielo en la tierra para los hombres honrados de buena voluntad.
El bicentenario debe marcar un hito movilizador profundamente integrado con nuestra voluntad de mostrarnos al mundo y ante nosotros mismos como una nación en marcha hacia la concreción de nuestros mejores sueños, como él, como Manuel Belgrano, adalid, numen, verbo y paradigma del alma de los argentinos.

* Rector del ICEI Círculo de la Prensa.

Por La Gaceta | Sociedad - 04 de Junio, 2010 |