Perfil de Jim Morrison
El pelo revuelto, la mirada desafiante y lejana, la sonrisa olvidada y el cuerpo marcado por la juventud eterna de un poeta y cantante que lideró una de las bandas más enigmáticas de los años 60, desafía a la muerte cara a cara, a cada paso, mientras las cortinas de gritos bajan del público como un catarata ilusoria que ilustra su propio mundo.
James Douglas Morrison Clarke, más conocido como Jim Morrison, nació el 8 de diciembre de [...]
¿Cuántos habrán caído? ¿Cuántos quedarán en pie? Cuando el instinto de supervivencia se enciende en el hombre, es capaz de grandes aberraciones, tales como la de entregar a su compañero. Y él lo sabía, él lo había visto, hacía ya un par de días. Habían llegado al refugio de la montaña, en la pequeña casona de madera. Eran dos chicos más jóvenes que él, dos novatos. Estaban escasamente armados, y casi no tenían provisiones. Salvo por una cantimplora a medio llenar y alguna que otra lata con carne enlatada. Uno de ellos tenía una cicatriz que le cruzaba la cara, desde debajo del ojo derecho hasta la comisura izquierda del labio. La herida había pasado por sobre su nariz como una sierra corta una madera. El otro estaba herido en el brazo, quizás alguna piedra filosa que pudo encontrar en alguna excursión al piso. Por esos lugares eran muy comunes esos accidentes, sobre todo cuando uno siente que el aliento de quien lo persigue choca y empaña la nuca. Luego de caminar casi sin cesar toda la mañana había entrado a la cabaña, que en los mapas figuraba como lugar de descanso, y se descalzó dispuesto a pasar el rato. Extrañamente no había nadie, quizás el vendaval ya había pasado por allí. Evidentemente alguien ya lo había hecho, algunas latas de conserva estaban en el piso, y la canilla goteaba, ya casi se había llenado la pileta. Al cabo de un par de horas la puerta se abrió y lo sorprendió harto. Eran ellos, sudando, cansados y reclamando la presencia de quien estuviese allí. Las presentaciones formales eran así, sobre todo a medida que se acercaba el final. Le sorprendió ver todavía a un grupo, por más que sean dos personas. Desde que todo había comenzado, él había preferido estar solo, no soportaba la idea de ver caer a algún compañero. Aunque para ello tuviese que estar solo, siempre fue mejor así. Escapar solo sin tener que cargar o ser cargado por nadie, calculando raciones para uno sin preocuparse por el estado del otro. Claro que todos eran perseguidos por lo mismo y en casos como éste, lo mejor era ayudarse.
Luego de que los visitantes se acomodasen, notó que el que estaba herido en el brazo, también tenía el tobillo y la rodilla hinchados. Tenía como pelotas de tenis en cada una de las articulaciones, y el tobillo morado, casi negro. No pudo explicarse cómo diablos seguía caminando, ni por qué el chico con la cicatriz en la cara no lo había dejado librado a su suerte aún. Quizás por códigos de amistad que él ya había dejado olvidados en algún rincón del pasado. Mientras pensaba y reflexionaba al respecto, dio algunos calmantes que llevaba en el bolsillo. Al chico postrado en un sillón hediondo y rotoso, le parecieron como dulces mientras se disolvían en la boca suavemente. Ambos lo agradecieron y se sentaron a simular que fumaban, pues no tenían cigarrillos. Al cabo de un rato, el más malherido tomó del bolso unos palillos de chocolate y los repartió, ahora si podían simular que saboreaban el tabaco oscuro.
Hablaron durante un rato largo sobre la situación, todos coincidían en que así no se podía seguir, que las cosas terminarían tarde o temprano, pero estaban igualmente desinformados. Las noticias apenas si se actualizaban cuando veían algún rastro de algún compañero caído. Los cuerpos, por supuesto, desaparecían. Llegaron a la conclusión de que todo había comenzado muy rápido, en el momento en que supieron que los iban a perseguir y a buscarlos por donde estuviesen, apenas si tuvieron el tiempo de buscar algún escondite pasajero para luego si tratar de escapar y llegar lo más pronto posible, aunque esa tarea imposible se la habían impuesto muy pocos.
–Yo soy uno de ellos –dijo de pronto David, que era el que más tiempo llevaba en la cabaña. –Pienso llegar hasta allí y de alguna manera u otra, dar fin a toda esta locura – Tenía ligeros raspones en la cara, y, cubierto con el pantalón, una herida no profunda en la rodilla, que comenzaba a picarle en claro síntoma de que se estaba secando. Más tarde sería una cascarita que caería voluntariamente o por la fuerza. Los nuevos compañeros se sorprendieron por la declaración de David, mas no tuvieron tiempo de contestar, una luz fluorescente y el ruido de pasos los inmovilizó. Nadie hablaba, pero era claro que estaban allí, y no podían quedarse a esperar que los encontrasen. David les indicó a los otros con la mirada, que él iba a salvarse solo, y ambos lo comprendieron. Al escapar por la ventana escuchó que una voz desconocida, pero aún así familiar, gritó “Acá estás, te encontré”. Caminó por entre la espesa hierba, y al llegar a un pequeño claro, sintió que lo seguían. Apuró el paso, entre árboles caídos y podridos, y algunas maderas que estaban paradas como si fueran un cerco. A varios metros de allí había un pequeño riacho, y yendo para el norte se encontraría con el ferrocarril, por donde algunos vagones aún circulaban cargando girasol hacia el sur y el este. Cualquiera de los dos lugares era peligroso si lo que uno quería era que no lo encontrasen. David prefirió quedarse unos momentos en cuclillas, aprovechando la impunidad de ciertas hierbas que lo mantenían, aparentemente, a salvo. Sintió que una respiración agitada intentaba tranquilizarse y adecuarse a una actividad normal. Era el chico con la cicatriz horrenda en la cara. Ahora, bajo algunas sombras, parecía mucho más horrible.
–Tuve que dejarlo –dijo el chico, entre jadeos y algunas lágrimas que caían por sus mejillas. –Tenemos que seguir juntos –prosiguió tras secarse la nariz con el antebrazo.
David sintió cierta repugnancia, tanto por lo que había hecho el chico como por la situación en la que lo estaba metiendo. Le dieron ganas de darle una trompada, dejarlo inconsciente y salir de allí. Cuando uno crece aprende a controlar muchos de sus instintos y a no reaccionar con cualquier cosa. Se pierden muchas cosas, así como también se ganan otras, pero todo lo que se pierde y, según dicen, no se puede recuperar, siempre es entrañable, siempre están en nuestro recuerdo y siempre consideramos esos sentimientos como nobles y puros. Por eso David no reportó luego ningún cargo de conciencia, y además de la piña le dio al chico varios puntapiés. Y le robó las zapatillas.
Cuando se encontraba ya a varios metros de donde vio por última vez aquella cicatriz, vio que la noche se estaba apoderando del lugar y decidió buscar un mejor refugio. Quiso mirar al cielo para ver si encontraba a la luna, pero las copas de los árboles se lo impedían. En una de las copas vio que unas precarias maderas formaban una especie de casita. Con cierta dificultad subió y llegó a ella. Quedó unos minutos acostado, pensando en recuerdos, y recordando pensamientos. Al cabo de un momento, se levantó y miró el lugar desde ese sitio de privilegio en donde se encontraba, pero sin ninguna expectativa o atención en especial. De un bolsillo sacó un chocolate aún envuelto. Era lo único que tenía para alimentarse. Luego de comer casi la mitad de la golosina, se paró y volvió a mirar a su alrededor desde las alturas. A lo lejos los trenes parecían haberse dormido hace rato. Se podía ver alguno que otro vagón, de colores grises y bordó. Miró hacia el Oeste y vio un claro, un sitio al que no llegaba la vegetación. Con curiosidad y rápidamente sacó el mapa de la mochila y lo marcó el lugar donde debía de estar. Estaba a menos de cien metros del sitio en donde todo podría terminar. Sólo habría que llegar a esa pared. Le llamó poderosamente la atención que el lugar estuviese tan descuidado. Debía de ser sin dudas alguna trampa. Encontró explicación en esa razón para dilucidar el porqué de esa casita en aquel árbol. Muchos debían de haber intentado terminar con toda esa locura, imaginó varios grupos de personas llegando al mismo tiempo, varias cayendo, todas ellas eliminadas. Eso era lo mejor de ir en grupo. Si él hubiese estado en uno les habría dicho a todos que llamen la atención y lo dejen a él correr los últimos metros. Era muy rápido. Ya de chico lo era. En la escuela ganaba cuanta carrera se le presentase, con enorme ventaja, incluso a chicos de los grados mayores. Mirando al cielo que se abría tras un boquete en el techo de la casita, pensó que podría terminar todo. Que él podría hacerlo. Y que para ello necesitaría descansar. Se durmió sin darse cuenta que estaba sonriendo.
Cuando casi era mediodía, el sol aún parecía estar levemente inclinado hacia el este, aunque moviéndose rápidamente. David estaba agazapado entre las ramas de otro árbol. Calculó que podría llegar al techo mediante las generosas ramas de las viejas copas. Durante varias horas estuvo pensando cómo llegar, no había visto a nadie en toda la mañana. De ser una trampa era alguien muy paciente como para no mostrarse nunca, pensó. ¿Podría ser acaso tan fácil? Se había preocupado en no hacer el menor ruido en tanto avanzaba. Y había hecho un largo tramo, a veces colgado como un mono. Como el tarzán del que a veces hablaba su padre. Se había detenido un momento para pensar en cuántos habrían caído, tanto intentando como sin hacerlo. Estaba tan solo a un salto de llegar al techo, y de allí serían unos treinta metros hasta llegar al lugar indicado, estratégicamente marcado. En el mapa lo tenía con el mote de “piedra”. Miró a los costados, dio el salto y cayó sobre techo, donde permaneció agazapado varios minutos sin que nadie concurriese. Al principio gateando y después corriendo hizo el trecho hasta el lugar, y luego se dejó caer. Rodó un poco, se había doblado el tobillo y le había dolido como pocas veces. Pero no quiso dar lugar al dolor y se levantó, alzó la mano y gritó a voz en cuello:
–¡Piedra libre para todos los compañeros!–
Hubo una reunión de padres en la escuela, donde la señora Brizuela tomó la palabra. No era posible que los chicos estuviesen todo el día en la calle, y sobre todo, era inadmisible que jugaran de manera tan violenta. Su hijo había llegado el día anterior sangrando y descalzo, decía que un chico de por ahí le había robado las zapatillas, que de por sí estaban bien maltrechas y necesitaban un cambio. El culpable había sido ese David Gamarra. El señor Gamarra escuchaba atentamente, pero su pensamiento insistía en volver a esa imagen de su hijo, salvando a todos los chicos. Algunos se habían ido a casa, luego de más de tres días de juego. Otros seguían esperando que alguien los salve, luego de varios e infructuosos intentos. Pero había sido su hijo David, quien había salvado a todos en la escondida más grande de la historia del barrio. Había sido su hijo, su David… el héroe.










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