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El triunfo de Cristina Kirchner por más del 53% de los votos no sorprendió ni a propios ni a extraños. No sólo porque aquel 14 de agosto  había arrojado números difíciles de revertir, sino porque (mal que les pese a algunos) a lo largo y ancho de la argentina, esta mujer, la que no iba a poder sola, “la yegua”, “la autoritaria”, “la bipolar”, “la depresiva”, sembró- en cada rincón- el instrumento político por excelencia, el motor de toda transformación real y trascendente, la base de toda construcción social revolucionaria, el cimiento de todo proyecto popular: el amor.

Cristina hizo, simplemente eso: sembrar amor, y más temprano que tarde la cosecha se levanta. Ese amor que genera el pan sobre la mesa familiar, el que impulsa la justicia. Ese amor que todo aquel que quiera liderar un proceso histórico no puede privarse de sentir, de entregar, de multiplicar. Ese amor que lejos de arrinconarse con un romanticismo  nostálgico, se aferra a una convicción política inclusiva, integradora, soberana y libre. Ese mismo amor que se dibuja en las miradas de esos jóvenes adolescentes que se emocionan al escucharla. Ese amor que altera la sangre de los incansables militantes que hace años recorren los barrios y los pueblos soñando, construyendo  ese país  que hoy ven erguirse dignamente en medio de ello.

 Deberíamos remontarnos décadas atrás para encontrar líderes políticos tan amados como la actual y reelecta Presidenta.

 Pero como suele pasar, cuanto más se afianza la luz en el centro, más nítida se hace la oscuridad del contorno. El amor multiplicado en los sectores populares es una catarata de agua nítida y pura imposible de detener, como lo es también y al mismo tiempo el odio que genera en los elitistas y mercenarios de siempre.  Ver expandirse esas aguas de justicia como ríos incontenibles, a lo largo y ancho de esta tierra saca de quicio a más de uno acostumbrado a explotar, a reprimir a ese mismo pueblo que hoy le marca el rumbo a la historia.

 La política no deja de ser un serio juego de acuerdos y desacuerdos, de adversarios y de rivales, de amigos y enemigos, y es precisamente en ellos donde la democracia reposa; sin embargo, el odio desencajado encierra mucho más.  Quienes la odian no encuentran, no conocen, no quieren conocer otro instrumento para contrarrestar semejante avanzada amorosa que no sea con la voracidad del desprecio, la descalificación y el menosprecio por una mujer que ha sido elegida por su pueblo para que lo conduzca. Si pudieran escribir en cuanta pared de un barrio oscuro, no dudarían en poner “Viva la viudez”, porque no tienen la gracia de escribir “Viva el cáncer”.

 ¿Qué es lo que en verdad los irrita?, ¿qué les quita el sueño? Sin duda, un modelo que está dando un cambio de paradigma en todas las facetas: sociales, educativas, comunicacionales, políticas, culturales, etc.  Un proyecto que suma y suma y que no piensa detenerse. No obstante, nada de esto los lleva a ese punto de quiebre del desamor al odio, porque conocedores de los recursos más nefastos de la política saben cómo destruirlo en un instante. A ciencia cierta, aquello que los descoloca es el profundo amor que siente todo un pueblo por una mujer, que es la garantía misma de ese modelo. Porque los pueblos, lamentablemente, suelen olvidar a quienes los avasallaron, pero jamás olvidan a quienes los condujeron a la dignidad del trabajo y de la educación y al libre ejercicios de sus derechos; por algo, el Peronismo tiene más de 65 años de historia; le pese a quien le pese.

 José Pablo Feinman se animó a escribir en un excelente artículo de Pagina 12 lo que muchos confirmamos a diario y que el imbécil pudor nos impide decir: “Créame, Presidenta: el país, a usted, la ama”. Esta afirmación de José Pablo no es más que el germen del odio de los Grondona, las Guiñazu, las Carrió y tantos otros, porque saben en lo más profundo de su vacío que ese sentimiento tan racional como emocional selló a fuego a Néstor y a Cristina en las páginas de la historia grande de Suramérica.

 Cuanto tiempo debía pasar en la vida personal y la de todo un pueblo para que la alegría se adueñe de la política, para que los sueños dejen  de serlos, de una vez por todas, porque son realidad; y que, al mismo tiempo, broten otros más atrevidos, más irreverentes. Porque ahora sí, ahora sí, podemos soñarlos.

 Hay quienes aseguran que son los hijos  quienes a menudo  nos obligan a mirar hacia el futuro y salir de ese “presentismo exitista”, y es cierto. El domingo, cuando vi a esa mujer levantar su mano entre medio de un pueblo que le agradecía y le devolvía en dos dedos en V y en un puño cerrado  la fuerza y la esperanza que ella nos había devuelto ya años atrás, pensé en mi hija de 7 meses, en su mirada… Y me obligué no sólo a defender  este proyecto nacional y popular, sino que me juré contárselo.  Contarle, sin que se me escape un solo detalle, quién fue esa mujer que nos devolvió el amor a la política y la política a la vida; y  hablarle de ése hombre que dio su vida para multiplicar la nuestra.

Difícil será, tal vez,  para muchos comprender estas líneas llenas de orgullo, de pasión, de razón y de amorosas convicciones. Pero, poco importa, porque es la misma imposibilidad de querer comprender  lo que los inunda de odio y desprecio,  sentimientos  que los empobrece día a día y que al mismo tiempo nos reafirman y dignifican a cada uno de nosotros, a cada uno de los 11 millones de argentinos que le hemos puesto nombre  a esa patria que soñamos: Cristina.

Fernando Borroni, Periodista

Por Fernando Borroni | Política - 29 de Octubre, 2011 |